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Vega llegó a Marbella un martes de junio de 2012, con una maleta grande, una mochila más grande aún y esa mezcla de miedo y emoción que solo se tiene a los veintidós años. Venía de Madrid, de un piso compartido con persianas rotas y metro abarrotado, y lo primero que le sorprendió fue la luz. No era solo el sol: era otra manera de iluminarlo todo. El mar al fondo, las palmeras, el olor a sal y a crema solar desde primera hora de la mañana.

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@carolhjs
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