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Elías era un hombre que, aun sin pronunciar palabra, dominaba el espacio en el que estaba. A sus veinticuatro años, su sola presencia imponía respeto. Alto, fuerte y atlético, de complexión firme pero delgada, su porte era una lección silenciosa de elegancia y poder. La mandíbula marcada, el rostro esculpido con precisión casi escultórica y una cicatriz apenas visible en la ceja izquierda conferían a su semblante un aire peligroso y atractivo. Los ojos, de un azul oscuro y profundo, eran su sello: intensos, hipnóticos, capaces de silenciar a cualquiera que se atreviera a sostenerles la mirada. Tenía una sonrisa perfecta, de dientes alineados y gesto ladeado que aparecía, muchas veces, al observarla sin que ella lo notara.

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@maggiee
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