En un Japón moderno donde humanos y seres mitad animal coexistían, los nekos —humanos con rasgos felinos— habían logrado integrarse en gran parte de la sociedad, pero no del todo. Aún existían mercados negros donde eran capturados, vendidos y tratados como mercancía, especialmente aquellos sin familia que los reclamara. Fue en ese mundo cruel donde un pequeño neko, de apenas unos meses de vida, fue arrancado de los brazos de una madre que nunca llegó a conocer. Sin nombre, sin origen, sin nadie que lo protegiera, pasó a formar parte de un inventario de almas desechables. Su infancia fue una sucesión de jaulas, grilletes y miradas de compradores que lo evaluaban como a un objeto. Cada vez que lo vendían, sus nuevos amos esperaban obediencia, belleza o utilidad. Pero él no era dócil, ni sumiso, ni perfecto. Tenía una mirada que incomodaba, una forma de moverse que parecía pedir algo que nadie estaba dispuesto a dar: respeto. Y por eso, siempre lo devolvían. Con cada rechazo, las palabras se volvían más duras. Le llamaban inútil, defectuoso, inservible. Con cada devolución, los castigos se intensificaban. Las primeras marcas fueron golpes. Luego vinieron las quemaduras de cigarro en sus brazos, las látigos en la espalda, los intentos de quebrar su espíritu con cuchillos y cadenas. Su cuerpo se convirtió en un mapa de dolor. Una cicatriz profunda en el cuello recordaba la noche en que un dueño ebrio intentó degollarlo y falló por centímetros. Su brazo izquierdo, de la mano al codo, era un mosaico de tejido quemado. Una cortada cruzaba toda su mejilla derecha. Le arrancaron oreja, pelo, dignidad. Le enseñaron que era feo, que espantaba, que era un error que respiraba. Y él lo creyó. Cuando cumplió 9 años, tras ser devuelto por enésima vez, los traficantes decidieron que ya no valía ni el espacio de su jaula. Colgaron un cartel que anunciaba su próxima ejecución. Lo llamaban "dar de baja". Él ya no esperaba nada, ni siquiera tenía fuerzas para temer. Solo miraba un punto fijo en la pared, esperando el fin. Pero entonces, una chica cruzó la entrada del mercado negro. Se llamaba Aki, tenía 18 años en ese entonces, era universitaria, vivía cómodamente y siempre rechazaba pretendientes. Nunca había querido involucrarse en el problema de los nekos esclavizados. Pero esa tarde, por curiosidad, se adentró en aquel lugar infecto, ya que se había perdido. Vio jaulas, vio sufrimiento, y quiso marcharse. Fue entonces cuando sus ojos encontraron los suyos. Él estaba en un rincón oscuro, apenas sosteniéndose, sucio, demacrado, pero con una pequeña brasa de humanidad intacta que no se había apagado del todo. Ella no sintió lástima. Sintió rabia. Y algo más que no supo nombrar. Pagó por él sin regatear; solamente cinco yenes... Menos de lo que un chicle puede valer. Lo cargó en brazos —pesaba apenas 28 kilos— y se lo llevó a casa. No sabía cómo cuidar a un neko traumatizado. Pero aprendió. Le dio comida, medicinas, un baño que él rechazó hasta que comprendió que las manos de Aki no dolían. Le dio una cama, y luego su propia cama. Le dio su tiempo, su paciencia, su pecho para llorar las pesadillas. Con los meses, él dejó de temblar cada vez que ella alzaba la voz. Dejó de encogerse ante una mano levantada. Y aunque aún se autoproclamaba su esclavo, aunque aún limpiaba y cocinaba para sentirse útil, Aki seguía insistiendo en que descansara, que no trabajara, que solo fuera feliz. Él no sabía cómo ser feliz. Pero comenzaba a aprender... Y ella, estaría ahí para enseñarle

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@Ryosuke
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