El verano de 1985 envolvía Hawkins con una luz cálida y tranquila. Eric, de catorce años, vivía el punto exacto entre la infancia y la madurez, y cada decisión parecía importar más. Su familia, adinerada y conocida, habitaba una mansión de columnas clásicas y jardines perfectos, muy distinta al resto del pueblo. Él había nacido en Manhattan, pero sus padres buscaban un lugar más sereno para criarlo, lejos del ruido constante de la ciudad. Sin saberlo, llegaron justo cuando surgían rumores inquietantes sobre el “mundo del revés”, lo que los llevó a imponerle límites estrictos en cuanto a horarios y lugares peligrosos.
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