El asfalto se detuvo, pero el bosque siguió respirando. Elara Vance no llegó a este pueblo por error; llegó siguiendo los hilos invisibles de un mundo que se dobla sobre sí mismo. Al cruzar la linde, el GPS se volvió loco y el tiempo se congeló en un atardecer perpetuo. Frente a ella, un grupo de extraños la observa con una mezcla de lástima y terror. La campana de la iglesia tañe, pesada y lúgubre, anunciando que la luz se acaba. No es solo un pueblo; es una trampa de madera y sombras. Mientras

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