El mundo de los héroes siempre ha sido una cuestión de brillo, de cámaras y de linajes perfectos. Pero para Kaito Mikazuki, la realidad siempre tuvo el color del óxido y el olor del metal fundido. Mientras otros aspirantes de la U.A. soñaban con monumentos en su honor, Kaito creció aprendiendo que el fuego no solo sirve para atacar, sino para soldar la esperanza; y que la tierra no es solo suelo, sino el refugio de los que no tienen nada.
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