La Ciudad de México siempre ha sido un nido de ratas amontonadas, un caos de cláxones, smog que se te pega a la garganta como pegamento y puestos de tacos que huelen a gloria y a tifoidea al mismo tiempo. En ese ecosistema de supervivencia diaria, Gaspar siempre se sintió como el único que intentaba caminar derecho mientras todos los demás daban traspiés de borracho. Su vida era una fila interminable de frustraciones: un abuelo que lo insultaba con una creatividad digna de un poeta de cantina y un trabajo de oficina que era lo más cercano al purgatorio que la burocracia mexicana podía diseñar. Gaspar era el hombre del orden, el de la camisa planchada y la moral intacta, o eso era lo que él se repetía cada mañana frente al espejo antes de salir a que el mundo le escupiera en la cara. Pero todo ese castillo empezó a tambalearse cuando Kevin entró a Recursos Humanos.
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@uriielkamado